19 jul. 2014

Formación para la Vida. "No podemos evolucionar profesionalmente sin crecer personalmente"

Vivimos en un mundo ilusorio,
 pues creemos que los demás
deben amoldarse a nuestras expectativas.
Debido a este error del intelecto
Nos decepcionamos y enfadamos
Cuando los demás no son ni se comportan
como nos gustaría que hicieran
El problema es siempre nuestro.
La cuestión es que no nos conocemos.
Y si no nos conocemos,
si ignoramos cuales son nuestras necesidades,
el porqué de ellas,
no podremos conocer ni amar a nadie.
Conoce ante todo de donde proceden tus
motivaciones y
necesidades y así evitarás juzgar bien o mal a
nadie.

Laura Pueyo Pardo
Fuente bibliográfica: Bajo el árbol amigo

18 jul. 2014

ACOMPAÑANDO EL MOVIMIENTO ESPONTÁNEO DEL NIÑO

Realmente, ¿es necesario que enseñemos a los niños a moverse y les ayudemos a lograr posiciones o desplazamientos nuevos y cada vez más avanzados? La especialista Emmi Pickler, entre otros muchos profesionales, en su mayoría psicomotricistas, concluyó que el desarrollo motor surge de manera espontánea y que las enseñanzas de los grandes pueden no ser lo mejor para los chicos.


No es poco común que, cuando nace un niño, sus padres, aunque disfrutemos plenamente de cada etapa, imaginemos con ilusión el próximo paso del bebé: cuando sostenga la cabeza, cuando se siente, cuando camine… Y también es muy corriente que “ayudemos” a nuestra cría a hacer movimientos que, por su edad, todavía no puede realizar. Así, por ejemplo, los sentamos protegidos y hasta sostenidos por almohadones para que no puedan caerse, porque todavía no pueden mantenerse erguidos. O, con pocos meses de vida, los ponemos de pie pensando que ellos lo piden, malinterpretando una necesidad del niño de ser llevado en posición vertical para observar el mundo desde esa perspectiva. Pero puede ser que –como observó la pediatra Emmi Pikler en el hogar para niños que dirigió en Budapest– esta intervención no sea necesaria, y que por el contrario sea perjudicial.

Emmi Pikler (1902-1984) fue una importante pediatra húngara que dirigió el Instituto metodológico de educación y cuidados de la primera infancia de Budapest (conocido como Instituto Lóczy, hoy llamado Instituto Pikler), fundado para bebés que necesitaban cuidados prolongados lejos de sus familias. Creó un sistema educativo basado en el respeto al niño, en el que el adulto adopta una actitud no intervencionista que favorece el desarrollo.

Pikler estaba convencida de que el desarrollo motor es espontáneo; y aseguraba que, si se les proporcionan ciertas condiciones, los niños alcanzan por sí mismos un desarrollo motor adecuado. El adulto no “enseña” movimientos ni ayuda a realizarlos, y los niños se mueven y se desarrollan regidos por su propia iniciativa. Por otro lado, no se le impide al niño la realización de ningún movimiento, por lo que en este sentido es completamente libre: si un niño que camina quiere reptar y rodar, no hay nada de malo en eso.

¿Pero no es bueno que los adultos “ayudemos” a nuestros niños y les “enseñemos” a realizar los movimientos? A esta pregunta Emmi Pikler respondía que “ayudar” a los niños cuando ellos no están listos para realizar ciertos movimientos por sí mismos es perjudicial. Y explicaba que muchas veces el adulto actúa motivado por la costumbre: estamos habituados a hacerlo, y eso nos resulta habitual. Pero que exista el hábito no significa que sea beneficioso.

En su libro Moverse en libertad, la pediatra observa varios inconvenientes de esta ayuda modificadora del adulto:

·  Primero, al poner al niño en una postura que no podría adoptar por sí mismo lo obligamos a estar inmóvil: el niño no puede salir de esa posición.

·  En segundo lugar, las posiciones en las que ponemos a los niños no son normales para él o ella; como consecuencia, la postura de los músculos no es natural, es forzada, y los músculos quedan tensos o con malas posiciones.

·  Por último, el niño que hemos puesto en una posición a la que no puede llegar solo queda condenado a depender del adulto para cambiar de postura. Estaremos fomentando su dependencia del adulto y frenando su desarrollo autónomo.
Además, con intervención del adulto, el niño pierde etapas intermedias de su desarrollo motor, como el reptar (muchas veces cuando un niño que está sentado decide deslizarse para reptar, sus cuidadores lo levantan y vuelven a sentarlo, inhibiendo su voluntad y ejerciendo una prohibición sobre el movimiento) o el gatear, etapas que son beneficiosas antes de adoptar posturas nuevas y de conquistar destrezas más avanzadas.

Para permitirles libertad de movimiento a los niños, dice Emmi Pikler, es importante que ellos tengan espacio suficiente para moverse y ropa que les permita mover sus miembros cómodamente. El espacio para los niños debe además ser seguro y estar adaptado a ellos. Y si bien el adulto está siempre junto al niño y lo incentiva a desarrollarse, no debería ofrecerle su ayuda en lo que a movimientos respecta: no se lo sienta, no se lo pone de pie, no se le ofrece un dedo para que pueda sostenerse. La autora aclara que la no intervención del adulto no se debe a una falta de interés en el niño; por el contrario, los adultos festejan con regocijo el adelanto del niño, como lo harían si ellos hubieran intervenido en el desarrollo de manera activa. Por último, el adulto debe mantener con el niño una relación paciente y respetuosa, a la escucha de la expresión del mismo, y quizá en algunos casos favoreciendo la aparición de su deseo de movimiento, pero no realizándolo por ellos ni forzándoles a realizarlo antes de tiempo, antes de estar preparados para ello.

Pikler observa que los niños que aprenden los nuevos movimientos por sí mismos tienen mejor equilibrio, mayor coordinación, mayor seguridad en sus actividades y por eso son menos propensos a sufrir accidentes. Además, vivencian más “a fondo” el proceso de aprendizaje y tienen mayor seguridad en sí mismos. Sus estudios concluyen que las enseñanzas y la ayuda del adulto no es condición necesaria para el desarrollo motor del niño, y que además pueden perjudicarlo al ponerlo en situaciones para las que no están maduros todavía.

Es probable que si estamos acostumbrados a ayudar a nuestros hijos en sus movimientos, nos resulte difícil no precipitarnos a intervenir en su desarrollo motor: uno, como padre, quiere lo mejor para sus bebés; y que aprendan a moverse rápidamente y sin contratiempos puede parecernos parte de ese “darle lo mejor”. Pero informarnos sobre distintas corrientes y estudios referentes a su desarrollo, y considerar darles una oportunidad, puede ser beneficioso para ellos y, como consecuencia, también para nosotros.

Laura Pueyo Pardo (leer más al respecto en Crianza Natural o Moverse en Libertad)


2 jul. 2014

CCD: Cuidados Centrado en el Desarrollo del niño prematuro o niño con necesidades especiales tras el nacimiento

Los cuidados centrados en el desarrollo (CCD) y en la familia son aquellos cuidados que tienen por objeto favorecer el desarrollo neurosensorial y emocional del recién nacido, basándose  en la reducción del estrés, la práctica de intervenciones que apoyen al recién nacido y el reconocimiento de la familia como referencia permanente en la vida del niño, incluso durante su hospitalización, entendiendo a ambos (recién nacido y familia) como una unidad. Los miembros de la familia se implican en los cuidados, forman parte prioritaria de los mismos y participan en las decisiones respecto a su hijo.
La Organización Mundial de la Salud, (OMS), recomienda no separar al recién nacido de su madre, ya que hacerlo conlleva perjuicios para la salud física, emocional y mental del bebé y la madre. La cercanía con la madre favorece un mejor desarrollo psicomotriz, una mayor estimulación y un aumento de sensación de seguridad al bebé. El contacto piel con piel inmediato del recién nacido y su madre tras el nacimiento regula el ritmo cardíaco, la temperatura, la glucemia y el sistema inmunitario del bebé. Sin embargo en casos de enfermedad o inestabilidad en el recién nacido esto no puede suceder, el bebé es ingresado y es separado de su madre.
Para los padres, el nacimiento de un hijo prematuro o enfermo, supone una situación traumática, y deben pasar por una serie de fases para llegar a asimilar esta situación de duelo (Negación -> Rabia -> Regateo -> Depresión -> Aceptación). Los padres se encuentran rodeados de miedos y dudas, en muchas ocasiones no han podido iniciar las clases de preparación al parto en su centro de salud, y se sienten en parte culpables por todo lo que le ha ocurrido a su hijo. El nacimiento de un hijo prematuro es un acontecimiento vital inesperado, para el que los padres no están física ni psíquicamente preparados y que provoca una crisis en la familia, supone una profunda herida en la autoestima de los padres, sobre todo de la madre, que acarrea sentimientos de fracaso, fallo y culpabilidad. Los padres tienen que empezar el proceso de vinculación y amor a su hijo, al mismo tiempo que se preparan para la posible pérdida del niño, o mientras tienen dudas sobre su supervivencia y su futuro

La separación provoca que el recién nacido se sienta desamparado y sufra estrés. Pasa de encontrarse en el útero materno, diseñado por la naturaleza para que el cerebro crezca en las mejores circunstancias (tibio, sin efecto de la gravedad, con estímulos sonoros no invasivos), al ambiente extrauterino hostil y se produce una separación brusca madre-hijo dando lugar a una situación estresante, que dificulta la organización del cerebro inmaduro.

La participación de los padres en el cuidado de sus hijos es uno de los ejes básicos de atención en neonatología. Pocos aspectos de la medicina neonatal son tan importantes, y a menudo tan ignorados, como la atención a la familia de un niño críticamente enfermo o un gran inmaduro. Los padres son el pilar fundamental en el desarrollo del niño, especialmente durante los primeros años de vida, y su implicación precoz en el cuidado del recién nacido mejora su pronóstico. Las interacciones con los padres le dan al niño confianza y seguridad y le permiten desarrollar lazos emocionales saludables que son importantes para el proceso del apego. Incrementar la interacción madre-hijo favorece que la madre obtenga mayor seguridad y confianza en sí misma.

Los CCD  han demostrado mejoría en la neuroconducta a corto y largo plazo, observando una reducción en los días de estancia hospitalaria en los niños que realizan método canguro y reciben lactancia materna.

Delia Royo
Neonatóloga del hospital Miguel Servet